Gaudí, a caballo entre los siglos XIX y XX, es uno de los máximos exponentes del modernismo catalán y, un pionero por aplicar magistralmente soluciones ingeniosas y sostenibles a sus edificios. En Gaudí confluyen talento y técnica con curiosidad, intuición, sensibilidad artística y aprecio por la tradición, el trabajo y los ‘oficios’ artesanales, que había visto en el taller de calderería familiar.
Este artículo ahonda en las claves de su filosofía, su obra y su legado.
Gaudí vive en una época de crecimiento de las grandes ciudades, en proceso de “ensanche”, cuando se proyectan nuevas tramas urbanas ordenadas y saneadas para revertir el hacinamiento y poca salubridad de los cascos antiguos bajo la prescripción de corrientes higienistas. Es el momento de los planes “Haussmann” para París o “Cerdà” en Barcelona, de una incipiente industrialización, de la proliferación de grandes fortunas de ultramar y del auge de una burguesía ostentosa.
La naturaleza como maestra y expresión de lo divino
La fe católica y la naturaleza fueron dos de los motores de Gaudí. Según él, el mundo natural, de creación divina, era un “gran libro, siempre abierto y que hay que esforzarse en leer”.
Con una excelente capacidad de observación, investigación y paciencia para el ensayo error en su laboratorio, Gaudí superaría los principios clásicos con un catálogo iconográfico y de soluciones ad hoc inspiradas en patrones de la naturaleza. El resultado es una arquitectura orgánica que combina función y belleza a la perfección, creando un conjunto armónico con numerosos detalles que dialogan con el entorno.
La naturaleza es un referente en toda su obra, llena de secretos y misterios. Ya en la ecléctica Casa Vicens (1883-1885), orientada a un jardín, se prodiga en decoraciones y referencias vegetales.
Más adelante la fantasiosa reforma de la Casa Batlló (1904-1906), al parecer de inspiración marina la fachada luce con materiales reciclados que componen un mosaico brillante a la luz del día. Contrastaría, a poca distancia, la singular y cercana Casa Milà (1906-1912), de apariencia austera, que recibió el sobrenombre de “La Pedrera” por ser vista como una mole de piedra en medio del elegante Paseo de Gracia.
Por otro lado, las formaciones geológicas de Montserrat influyeron directamente sobre el magno proyecto de la Sagrada Familia, pensado como un organismo vivo. En ella, Gaudí recrea un frondoso bosque mediante columnas por donde se cuela la luz solar, filtrada por vitrales, generando una atmósfera mística.
Arquitectura ecosistémica y con raíces
Gaudí fue un pionero de la sostenibilidad ambiental, económica y social con sus arquitecturas y estructuras funcionales, eficientes y estéticas, basadas en geometrías de la naturaleza.
De igual modo prestó una atención especial al clima, la ubicación, la orografía y la orientación, consciente de los beneficios que podía conllevar aprovechando recursos y energía. Así, con el uso de materiales naturales y locales, minimizaba el transporte, mientras que su gusto y aprecio por lo artesanal -dando protagonismo a la forja, los mosaicos, los artesonados, los vitrales, etc.- ponía en valor el saber hacer del oficio y la tradición. Además, con una mirada artística, era capaz de transformar vidrio o cerámica imperfectos o de desecho en una composición original como el “trencadís”, que se adaptaba perfectamente a las superficies curvas.
El legado de Gaudí es inseparable del paisaje, de la cultura e identidad catalanas, su fundamento y continua fuente de inspiración.
Una obra social, espiritual y simbólica
Gaudí volcó una enorme dosis de sabiduría y creatividad en sus proyectos, a menudo al servicio de una burguesía incipiente que exhibía su capital a través de una arquitectura escultórica y exhuberante. Sin embargo, también consideraba su trabajo como herramienta de transformación colectiva y progreso, conectando con las utopías sociales.
Para Gaudí, naturaleza, sociedad y arquitectura estaban intrínsecamente unidas y así lo pone en práctica ya a los 30 años, en la Casa Vicens, considerada su casa-manifiesto.
Según su ideario la arquitectura debía velar por unas buenas condiciones de vida y salud. Y devenir un refugio para el alma y el espíritu incorporando valores artísticos para forjar el carácter de las personas que la habitaran, considerando los espacios con poder de impactar positivamente en el bienestar y el desarrollo individual y comunitario.
A su vez, el gran bagaje histórico, sentido geográfico y de pertenencia, tan arraigados en Gaudí, se manifiestan en la reinterpretación de símbolos cristianos, mitológicos y patrióticos que culminan sus edificaciones.
Más allá de su tiempo
Antoni Gaudí defiende la racionalidad de sus planteamientos con enorme convencimiento: “Mis ideas son de una lógica indisputable; lo único que me hace dudar es que no se han aplicado anteriormente”.
Su pensamiento, imaginación, integración de conocimientos, saberes y aptitudes excepcionales, su particular manera de trabajar y, sobre todo, una visión holística para diseñar espacios de vida son aspectos de plena actualidad que perdurarán y serán claves para afrontar retos venideros.
Su contemporaneidad radica en sus buenas prácticas, optando por la rehabilitación, en algunos casos y siempre aportando soluciones eficientes recurriendo a materiales naturales y locales y optimizando recursos; sentando las bases de los sistemas pasivos de ahorro energético y agua.
Su gran respeto por el entorno y vínculo con el lugar y la preocupación por el bienestar de las personas hacen que sus construcciones conformen un ecosistema social y natural, constituyendo un faro para la arquitectura sostenible del presente y futuro.
Redacción por Sònia Roura Valls